Muñoz Molina y el aprecio por la palabra

Acaba de rescatar Jot Down un artículo publicado por Jordi Pérez Colomé, escrito allá por 2013, que debería ser lectura obligada en cualquier Facultad de Periodismo. El autor analiza uno de los males más preocupantes que aquejan a la lengua española: el estilo. O mejor aún: la falta de estilo. El estilo entendido como una ornamenta de palabras extensas y lugares comunes, incluso de construcciones gramaticales casi versallescas (véase el espeluznante “hacia mi persona”), que acompaña al texto, en vez de formar parte de él. Jordi Pérez Colomé aporta un ejemplo, cedido por un bloguero amigo suyo, que muestra el estilo barroco (con el fin, suponemos, de impresionar al destinatario) de un joven periodista demandante de empleo:

Soy ***** y le adjunto mi CV en aras a una posible ocupación de becario durante los próximos meses de primavera/verano, siempre y cuando se oferten plazas en ***** para tal cometido.
En años anteriores he otorgado mi entera disposición hacia tal cometido y por ello le ruego que no considere mi insistencia como un evento rutinario y desagradable. Es fruto de la pasión que tengo por obtener una oportunidad como becario para poder demostrar que soy apto para el periodismo y formarme junto a profesionales del sector.
No ha lugar a dudas que mi entusiasmo y mis ganas por ser partícipe de ***** me provocan volver a enviarle mis referencias y pedirle que considere mi petición, siendo ésta de elevada importancia para mi persona. La disponibilidad sería absoluta y la entrega total, como podrá comprobar de producirse tal evento.

Seguramente no sea su culpa. El oscuro porvenir y las pocas oportunidades de los jóvenes periodistas a menudo les empujan (nos empujan) a demostrar que saben escribir, cuando en realidad demuestran lo contrario. Se convierten en impostores del lenguaje. La idea anterior se podría resumir en un párrafo. Dos cortos, a lo sumo. La interpretación de que el estilo, escribir bien, es retorcer el lenguaje hasta convertirlo en indescifrable está más extendida de lo que parece. El sometimiento de la escritura a lo ampuloso demuestra dos cosas. La primera, pereza mental para no descartar lo que sobra. La segunda, un egocentrismo latente: se persigue el lucimiento personal, no transmitir información con claridad.

Creo que todos hemos caído alguna vez en este vicio. El remedio más eficaz, al menos el que yo utilizo, es acudir a quienes son capaces de transmitir mucho con lo justo. Va un nombre: Antonio Muñoz Molina. El maestro de la palabra precisa. Su blog es un manual de escritura, creativa pero eficaz. Viajar hasta Nueva York es más sencillo si te lleva de la mano la descripción afinada y sin rodeos de Muñoz Molina en Ventanas de Manhattan. Un reconocidísimo escritor del que brotan las palabras con naturalidad y así se refleja en sus textos. No sé si muchos profesores de Periodismo (o los gurús de los dudosos cursos de Escritura Creativa) alguna vez han recomendado su blog, pero deberían hacerlo. Se ahorrarían muchas explicaciones.

Total, que en estas estamos. La crisis del periodismo, aparte del manido modelo de negocio, más allá de la supervivencia del papel frente a la pantalla, está en el concepto. En aceptar el todo vale, incluso el descuido de la herramienta básica del periodista. ¿Si ni siquiera nosotros respetamos lo que se nos confía, si no apreciamos la rica lengua con la que trabajamos, quién lo va a hacer?

Suerte que la escuela de Muñoz Molina todavía tiene avezados alumnos.

 

 

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