Louis, el milagro de los atentados de París: cronología de un reportaje

El domingo 22 de noviembre de 2015 -hace, exactamente, un año- se publicó en portada de EL MUNDO un reportaje que elaboré a raíz de los atentados terroristas del 13-N en París por parte del autoproclamado Estado Islámico. Un niño de 5 años consiguió sobrevivir a los ataques resguardado bajo el cuerpo de su madre, quien había sido asesinada minutos antes, junto a su madre (la abuela del niño) por los yihadistas. Madre y abuela eran de nacionalidad chilena. La historia era impactante y tuvo mucha repercusión en redes sociales. Había estupor, conmoción y algunos elogios, de los que guardo un especial cariño.

Lo que pretendo realizar es un recorrido cronológico, desde el fatal acontecimiento hasta la publicación del reportaje, con dos objetivos. Primero, para obligarme a recordar aquella semana intensísima y, segundo, para explicar desde lo personal cómo se desarrolló todo, quién ayudó a que la historia prosperara, cómo a veces el azar es caprichoso, cómo viví aquellos días… Desde la perspectiva del tiempo siempre es más fácil analizar aquel maremágnun de sensaciones, obstáculos, casualidades y emociones.

No se me ocurre nada mejor para inaugurar esto.

EL ANTECEDENTE

Cuando explotó la primera bomba cerca del estadio de Saint Denis, en París (Francia), yo terminaba de cenar con la familia. Era viernes y en aquellas fechas celebrábamos el cumpleaños de mi hermana y de mi padre. La tele estaba apagada -por aquello de fomentar las relaciones interpersonales, más aún con la familia- y solo se encendió cuando las sucesivas alertas que llegaban a mi teléfono móvil advertían de que algo gordo estaba pasando en el país vecino.

Los primeros minutos fueron de confusión, la habitual en estos casos, y las informaciones variaban. Algunos medios se limitaban a dar cuenta de la explosión junto al estadio, en el que Francia e Inglaterra disputaban un partido amistoso, mientras otros medios apuntaban a una toma de rehenes y un tiroteo en una sala de conciertos no muy lejos de Saint Denis. Solo a partir de la medianoche se empezaron a despejar algunas incógnitas. Como si una nebulosa se disipara y tras de sí dejara un reguero de horror y desgracia.

La noche fue dura y al día siguiente se confirmó lo que ya se conocía: un grupo de yihadistas, minuciosamente coordinado, había perpetrado el mayor ataque terrorista en la historia de Francia.

LA INVESTIGACIÓN

El lunes siguiente a los atentados yo llegué a la redacción a la hora habitual, pasadas las 5 de la tarde. El ambiente no era muy distinto al del resto de días. Pero los comentarios tenían un denominador común: los atentados. En las pantallas de televisión las imágenes se sucedían en bucle: ambulancias, abrazos, gritos, sangre…

Esa semana, quien ejercía de aplicado redactor jefe en funciones era el talentoso y perspicaz Martín Mucha, quien se refirió a mí con una propuesta de reportaje, aunque ligeramente esbozada:

En Chile están contando la historia de un niño que consiguió escapar de Bataclan. Su madre y su abuela murieron allí. Mira a ver qué hay de eso…– me dijo. Ahí comenzó todo.

En efecto, en Emol, el portal web de noticias de El Mercurio, de los diarios más prestigiosos de Chile, había una nota con la información. Contaba brevemente la historia, aportaba nombres y datos que después se convirtirían en valiosos para mi reportaje.

logo

La información la firmaba la periodista chilena Leslie Ayala. Ella consiguió contactar con María Eliana San Martín, la hermana de la abuela fallecida de Louis. Llamé a la redacción de El Mercurio para tratar de hablar con Leslie. Con una asombrosa diligencia y amabilidad, un colega chileno me facilitó su número de teléfono y su correo electrónico. Leslie no estaba en esos momentos en la redacción, por lo que no podría responder. Conseguí localizarla a través de Facebook. Me presenté y le expliqué que mi intención era contactar con María Eliana para reconstruir la historia. Con una predisposición idéntica a la de su compañero de trabajo, me dio el número personal de la tía abuela de Louis. Y llamé:

Buenas tardes, Maria Eliana. Soy Alejandro Centellas, periodista del diario EL MUNDO, de España. Antes de nada, siento mucho lo ocurrido. Sé que ha hablado con algún medio chileno y en España nos encantaría poder contar la historia de Louis, –le expliqué.

El niño está bien, con su padre. La información os la puede dar él, yo no sé mucho más- Percibía con nitidez la voz quebrada al otro lado del teléfono. No era para menos.

Decidí no insistir más, por el momento:

Muchas gracias, María Eliana.

A la mañana siguiente lo volví a intentar, esta vez a través de un mensaje de Whatsapp. Insistí en que trataría la historia con el mayor de los respetos, despreciando en la medida de lo posible cualquier rastro de amarillismo y de morbo, una tentación peligrosa y desagradable del periodismo cuando se abordan sucesos de tal magnitud. Leyó el mensaje, así lo atestiguaba el intenso color azul de los ticks. No hubo más que silencio, que no solo entendí, sino que interpreté como el grado máximo de respeto que alguien, en unas circunstancias tan extremas y ante tanta insistencia por recordar el horror, podía proporcionarme. Siempre me pregunto cómo hubiera yo reaccionado de haber estado en tal situación.

Terminé por aceptar que sacar la historia a través de los testimonios de la familia iba a ser imposible. Había que buscar otras vías o resignarse a que aquel fabuloso homenaje a la vida quedase reducido a una encomiable intención periodística. A mitad de semana, apenas contaba con la información originaria de El Mercurio y la confirmación de que el niño estaba bien, con su padre. La historia tenía potencia pero no había voces enteras, dispuestas a contar lo sucedido.

Y aquí entra el azar. Trasteando por Twitter, buscando en la aplicación azul los nombres de las fallecidas, en busca de una conexión con algún usuario, en busca de un comentario que arrojara luz sobre el siguiente paso a seguir para el reportaje, encontré a Sihem Souid. Más que a ella, lo que en primer lugar encontré fue un desgarrador homenaje que Sihem le brindó en el periódico francés Le Point a su íntima amiga Elsa, fallecida en los atentados. La madre de Louis. Elsa, mi amiga salvajemente asesinada por Daesh, rezaba el artículo, encabezado por una foto de Sihem junto a Elsa. Contaba su estrecha relación, la personalidad de su amiga, la vitalidad de Louis, el contrato que Elsa acababa de firmar con Manegere Associés, una consultora francesa… Daba información que jamás hubiera podido obtener de otro modo.

No solo Sihem había escrito un documento valiosísimo para ella y, pensando de forma egoísta, para mí, sino que se entregó extraordinariamente cuando, a través de mensajes privados de Twitter (para que luego digan que esta plataforma no es esencial para el ejercicio del periodismo) me presenté como periodista y le pedí información. La conversación no era sencilla: ella no sabía inglés y yo no sabía francés. Mis preguntas debían pasar por el inescrutable filtro del traductor de Google. Ella respondía con rapidez, sin escatimar en palabras, intercalando expresiones de lamentación por lo sucedido.

En un momento de aquella conversación a través de Twitter, hay algo que lo trastoca todo. Una confesión dramática: Sihem me confirma que Louis no había escapado de la sala Bataclan cuando empezó el tiroteo, sino que había permanecido escondido, inmóvil, bajo el cuerpo de su madre asesinada, que al escuchar los disparos de los terroristas cubrió a su hijo con su propio cuerpo. Era escalofriante. Oui, c‘est horrible, como dijo la propia Sihem cuando le volví a preguntar, incrédulo, si aquello era verdad.

Le di muchas vueltas antes de llegar a la redacción. Solo el hecho de pensar en el testimonio que acababa de leer me producía un vértigo incontenible.

Cuando llegué a la redacción, Martín me esperaba para que le contara cómo había avanzado en las informaciones.

Centellas, ¿tienes algo nuevo?- me preguntó. ¿Que si tengo algo nuevo…?, pensé de forma irónica.

He estado hablando con una amiga íntima de la madre del niño. Louis no escapó cuando empezó el tiroteo. Su madre le protegió de los disparos; a ella la mataron y el niño se quedó escondido debajo del cuerpo de su madre hasta que entró la policía, tres horas después.

¡¡¿¿No jodas??!!- acertó a decir, en un grito ahogado.

Me invitó a tomar café y le conté los detalles. Teníamos una historia. Potentísima. Y ahora tocaba contarla…

NARRAR EL DRAMA

El miércoles por la noche, habiendo cumplido yo escrupulosamente todos los pasos necesarios para poder dormir, hubo algo que quebró de forma definitiva el sueño. Seguía pensando en la historia, en cómo contarla, en cómo transmitirla. Sobre todo, en cómo empezarla. Soy de la opinión del prestigioso periodista americano Alex Kotlowitz: “El inicio de una pieza es increíblemente importante para mí, así que le dedico una cantidad enorme de tiempo. Si no puedes involucrar a tu lector en este punto, estás perdido”.

Y, como un fogonazo de luz, me vino el inicio del reportaje. Me incorporé de la cama, agitado, buscando a tientas un bolígrafo y un papel donde plasmar aquello que centrifugaba en mi cabeza, con el temor de que un segundo más de demora acabara con aquel momento casi místico. Niño-colegio-escondite-un niño jugando al escondite en el colegio-un niño escondido en el cuerpo de su madre, como en el colegio. Un boceto con horrible caligrafía que se transformó en el inicio del reportaje:

Lo había hecho cientos de veces antes. Debía permanecer inmóvil hasta que uno de sus compañeros de clase descubriese su guarida. O hasta que la profesora diese por finalizado el juego.
En las casi tres horas que duró la masacre en la sala Bataclan de París, la menuda figura de Louis, de cinco años, se mantuvo a salvo de las balas de los Kalashnikov. Sobre él, a modo de protección, yacía el cuerpo de Elsa Delplace, su madre, asesinada minutos antes por los terroristas. Y junto a ellos, su abuela Patricia, también víctima del fuego indiscriminado de los yihadistas. Ellas, heroínas, le salvaron.
Esta vez no se trataba de ningún juego. Disparos, explosiones, invocaciones religiosas, sangre… La profesora no iba a aparecer para acabar con el mayor ataque terrorista de la historia de Francia

Como asiduo lector de reportajes, el género que reúne de forma más armónica las mejores artes del periodismo, agradezco no encontrarme ante una pieza densa. Una narración de hechos debe contar con más hechos que narración. El exceso de palabrería acaba convirtiendo un reportaje en una masa viscosa difícil de digerir. Además, denota una evidente falta de compromiso del periodista, que no se ha dedicado a pulir su texto como si de un geranio se tratase.

En esas andaba yo: debía engarzar los hechos para que no resultase un reportaje demasiado narrativo y con poca sustancia. Pero hasta el momento disponía de un hecho impactante y de un breve contexto extraído de la información originaria. No daba para completar un reportaje.

Y el azar, la fortuna, volvieron a actuar. Encontré (no sé muy bien cómo) en el periódico francés Libération un perfil, mitad biografía, mitad ficha policial, de uno de los terroristas de Bataclan: Samy Amimour. Lo traduje como pude al español y encontré una revelación que era un paso más en mi historia. En aquel perfil se afirmaba que Samy había firmado en 2011 un contrato de conductor de autobús. Se trataba del autobús número 148, que cubría la ruta entre Bobigny y Dugny, un suburbio francés donde vivía, casualmente, el padre de Elsa. Así que cuando Elsa iba a la casa paterna con su hijo -algo que hacía con asiduidad, pues allí residía cuando debía hacerse cargo de Louis, dentro del régimen de custodia compartida que mantenía con su exmarido- tenía circulando por esas mismas calles a uno de los tres desalmados que irrumpieron en la sala Bataclan y que acabaron con la vida, entre muchos otros, de la propia Elsa y de su madre. Dramático.

Resumiendo: tenía un hecho durísimo, una desgraciada coincidencia y un contexto que fui trazando estableciendo vínculos y buceando en los ambientes en los que desarrollaban sus vidas, ya truncadas, los protagonistas de la historia. Tenía un plano cenital, con todas las piezas ya casi encajadas, por lo que el reportaje estaba prácticamente cerrado. Debía rematarlo.

Creo en la función pedagógica del periodismo. Un reportaje solo tiene sentido como coartada para que el lector extraiga una conclusión, para que reflexione, para que aprenda. Así que decidí acabar el texto relacionando el pasado, el presente y el futuro con la ayuda de un experto. Qué le pasó a Louis (el núcleo del reportaje), cómo afronta un niño tan pequeño una situación extrema y cómo será su vida a partir de aquí. La voz de Miriam González, psicóloga responsable de Emergencias del Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid, resultó fundamental.

Toma, lee esto. Qué historia más triste… 

Esta frase la escuché a una de las correctoras del periódico, quien invitaba a su compañera de correcciones a repasar el texto para asegurarse de que no había ninguna errata. Qué historia más triste… Pensé que, de algún modo, mi reportaje había conseguido despertar las emociones que buscaba mientras convertía los hechos en palabras.

LA PUBLICACIÓN

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El reportaje apareció publicado en portada una semana y dos días después de los atentados de París. Tuvo éxito en la web de El Mundo, fue de los reportajes más leídos del día, medios internacionales se hicieron eco, se extendió por redes sociales y muchos de los que se asomaron a él respondieron a su lectura con palabras de cariño que aún recuerdo.

De todo esto hace exactamente un año. Seguro que estos 12 meses han pasado mucho más rápido para mí que para Louis, el único y verdadero protagonista de esta trágica historia.

Sirva esto como un humilde y sincero homenaje.

 

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